DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO C 30.10.2016

JESÚS NOS ENSEÑA A SER MISERICORDIOSOS.


El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido. (Lc 19,1–10)
En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad.

Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Él bajo en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: "Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador." Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: "Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más."

Jesús le contestó: "Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido."




Narración: “EL BUDA DE ORO”:

En 1957 un grupo de monjes de un monasterio tuvo que mover a un Buda de arcilla de su templo, hasta un nuevo local. El monasterio iba a cambiar de sitio para dar lugar a la construcción de una supercarretera que atravesaba Bangkok. Cuando la grúa comenzó a levantar al gigantesco ídolo, el peso era tan grande que se empezó a resquebrajar. Para empeorar las cosas, comenzó a llover. El jefe de los monjes, que era consciente del daño que podía sufrir el sagrado Buda, decidió bajar la estatua al suelo y cubrirla con una gran lona, a fin de protegerla de la lluvia.

Esa noche el monje fue a examinar al Buda. Introdujo una linterna debajo de la lona para ver si la estatua estaba seca. Cuando la luz llegó a las hendiduras de la arcilla, notó que de ellas salía un pequeño resplandor, y pensó que era extraño. Mirando más de cerca se preguntaba si había algo debajo de la arcilla. Fue al monasterio en busca de un cincel y un martillo, y empezó a romper la capa de cerámica. A medida que sacaba fragmentos, el pequeño resplandor se hacía cada vez mayor y más brillante. Pasaron muchas horas de trabajo antes de que el monje se encontrara cara a cara con el extraordinario Buda de oro sólido.

Los historiadores creen que varios cientos de años antes del descubrimiento del monje, el ejército de Burma iba a invadir Tailandia (llamada entonces Siam). Los monjes siameses, dándose cuenta de que su país sería pronto atacado, cubrieron su precioso Buda de oro con una capa exterior de arcilla, para impedir que los soldados de Burma tomaran su tesoro como botín. Desgraciadamente, parece que los soldados sacrificaron a todos los monjes siameses, y el bien mantenido secreto del Buda de oro permaneció intacto hasta ese predestinado día de 1957.

«Todos somos como ese Buda de arcilla, cubiertos con un caparazón de dureza fabricado por nuestros egoísmos, ambiciones, temores… y, sin embargo, debajo de cada uno de nosotros existe un “Buda de oro”, un “Cristo de oro” o una “esencia de oro” que es nuestro verdadero yo. En algún lugar del camino empezamos a cubrir nuestra “esencia de oro”, nuestro yo natural. Así como el monje con el martillo y el cincel, Cristo nos permite descubrir de nuevo nuestra verdadera esencia».

"POR TANTO, EL QUE ESTÁ EN CRISTO, ES UNA NUEVA CREACIÓN; PASÓ LO VIEJO, TODO ES NUEVO” . (2Cor 5,17).


Guión Litúrgico:

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